El mes más cruel

 


 

Pilar Adón

 
 

Con una introducción de

Marta Sanz
 









Introducción

 


 
Leer nos hace débiles

por Marta Sanz

  
 

Nos afecta a todos

 

Después de leer El mes más cruel encuentro una coincidencia que me afecta. Me afecta a mí, a Pilar y a todos los que en este momento hojean estas páginas: en El mes más cruel casi todos los personajes leen. Digo «casi» para no pillarme los dedos, aunque lo más probable es que todos —absolutamente todos— lean: en «Noli me tangere» a Julia le urge salir de la isla en la que vive y, en el autobús que la conduce hasta el ferry, lee para evitar mirar, hablar, tocar a nadie; Caterina quiere encerrarse en su habitación para echarle un vistazo a un libro o para mirarse las uñas de las manos; Flora Marr se retira discretamente para leer en su alcoba; la nodriza lee quizá para instruir a Darío; Clara se ha recluido en su cuarto para leer y para otras cosas y quizá no salga nunca; Sara y Olivia leen mientras se vigilan en el magnífico «En materia de jardines»; César tiene un libro abierto en el regazo y sabe que el aprendizaje es algo más profundo que la repetición de ciertos trucos de prestidigitador y, sin embargo, vive con miedo o ni siquiera sabe vivir…



Dependencias

Así que hoy veo El mes más cruel como una metáfora de la lectura: la metáfora de una dependencia que se parece a la del amor y los lazos que nos unen con los otros. Las relaciones que se plantean en estos cuentos, igual que la lectura, tienen que ver con la idea de protección y con sus mentiras; con qué significa ser autosuficiente y con la autosuficiencia como producto de la crueldad, el abuso o la expulsión; con la fantasía de que no necesitamos a nadie o de que estamos solos; con la debilidad que se experimenta frente a los extraños y que se transforma en indefensión absoluta cuando nos lastiman o traicionan las personas de nuestro círculo más íntimo; con la desconfianza y lo que piensan de nosotros los que nos aman; con la necesidad de saber quién gobierna a quién, quién está sano y quién enfermo, quién puede curar cuando la sanación se ha convertido en un acto de dominio, quien cura puede matar y quizá no haya ninguna diferencia entre el sanador y el psicópata —los silogismos de Pilar nunca son convencionales—; con la convicción de que ciertas convivencias devastan y destruyen; con lo que duele meterse en la piel de los otros; con el sarcasmo como sistema de autodefensa; con la vanidad; con la renuncia a la propia dicha como apuesta balsámica…

¿Habré entendido bien?
 

Pero quién sabe, porque, cuando me pongo a leer, mientras leo y después de haber leído un libro de Pilar Adón no soy capaz de decir con exactitud lo que me quiere contar. Me pregunto continuamente si habré entendido bien y esa sensación me obliga a empinarme hasta el nivel del texto para mirar por encima o a través de sus imágenes como si fueran una valla tras la que aparece un fragmento del horizonte. La incertidumbre me empuja a meterme por debajo del texto como el niño que bucea bajo las sábanas. A mirar debajo de la cama antes de dormir. Esa sensación, esa incertidumbre, esa vulnerabilidad me gustan en la misma medida en que me intranquilizan. «¿Habré entendido bien?» es una pregunta perturbadora que parece no recogerse en el repertorio de inseguridades de los lectores posmodernos. Como si los lectores siempre, y por definición, entendiéramos bien y como si no existiera la posibilidad de plantear una pregunta errónea. Arnaud, uno de los personajes de El mes más cruel, le espeta a su hija Marie en «Los cien caminos de las hormigas»: «¡Qué pregunta tan equivocada!». Quizá Arnaud sea un prepotente o un sabio o ambas cosas —los atributos no son contradictorios—, así que de nuevo, como lectora, me formulo esa pregunta que me coloca frente a mi dimensión real respecto al texto: «¿Habré entendido bien?».

Como quien escribe poesía
 

Busco más pistas para apoyar mi interpretación, para explicarme por qué de repente tengo frío y creo vivir en un invierno perpetuo, y me doy cuenta de que la autora, pese a que El mes más cruel es una colección de relatos, procede como quien escribe cierto tipo de poesía. «El mes más cruel» es la perífrasis con la que Eliot nombra un abril fúnebre que después ha estado presente en una parte significativa de la poesía contemporánea. También en este mes cruel de Pilar Adón hay, como digo, una escritura poética que nos conduce hacia un proceso interpretativo peculiar: el de encontrar el significado a partir de una atmósfera, de una cadena de variaciones sobre el mismo tema, un leitmotiv, un universo de repeticiones aproximadas que no son las copias de un papel de calco. Una persistencia, una sutil gota serena, una mácula. Pilar propone una escritura en la que hay que encontrar el sentido, el sendero de miguitas en el corazón del bosque, a través de los rastros y las pisadas del animal.

Leer nos hace débiles
 

Leo con la esperanza de que, cuando halle la clave, se me pasarán el frío y la vulnerabilidad de los que la autora me ha rodeado como una verdadera reina de las nieves. O, quizá, encontrar el sentido y su clave me deje definitivamente congelada, como cuando leo uno de esos cuentos de Perrault, H. C. Andersen o los hermanos Grimm —que forman parte de la biblioteca mental de la autora— y descubro la crueldad por omisión del padre de Blancanieves, el carácter desnaturalizado de los progenitores de Pulgarcito, el impulso incestuoso del rey hacia aquella muchacha que tuvo que esconderse bajo la piel de un burro. Leer nos hace débiles, pero no podemos evitarlo.

Cuentos de hadas
 

También en los cuentos de Pilar hay muchachas que corren por el bosque para ver el cadáver de un loco, muchachas que se pierden («El infinito verde»), y jóvenes que viven tal vez en el epicentro de ese mismo bosque, en una casa con las paredes de cristal, protegidos por una nodriza vampírica, una no tan extraña educadora, que inocula a su pupilo inseguridad y miedo en un simulacro de amor y protección: en «El fumigador» el elemento fantástico es la metáfora de una afectividad insecticida, venenosa, paralizante, muy reconocible en el corazón de esas familias donde siempre cuecen habas o se oculta el estigma de una tara genética… Estos cuentos que siempre se desarrollan en otra parte y cuyos personajes a menudo tienen nombres foráneos —Marcel Berkowitz, Flora Marr, Gustave Salletti—; estos cuentos que a veces adoptan un estilo decididamente british o afrancesado o de casa a las afueras de una ciudad italiana —un estilo internacional—, en un tiempo que podría ser cualquiera, apuntan directamente hacia la vivencia más cotidiana e íntima del lector.

Extrañas moralejas
 

Los cuentos de Pilar y los cuentos de hadas —aparezcan éstas o no— se relacionan, entre otras cosas, a través del concepto de educación —¿o será depravación?—, como proceso y producto de las relaciones humanas en universos endogámicos: cada relato de El mes más cruel se cierra con un poema como si las incuestionables moralejas redentoras de los cuentos de la tradición medieval se sustituyesen por una veladura. Al lector le queda el gusto de haber rozado con los dedos una enseñanza que es más bien una intuición, el fragmento de algo que se percibe borrosamente. Abril es el mes más cruel y estas iluminaciones y estos aprendizajes a menudo son oscuros. Los cuentos de Pilar son habitaciones cerradas cuyas luces atisbamos por detrás de una puerta, como en «Clara», una narración donde la realidad es un lugar distinto para los que leen y para los que escriben y los fantasmas de las antiguas mascotas, de los gatos, surcan el espacio vacío de los interiores; o como en «El mes más cruel», donde uno de sus personajes «estaba haciendo unos increíbles esfuerzos por no dejar que se oyera nada de lo que estaba sucediendo dentro».

Desnudar los cuentos
 

Estos relatos se vertebran a partir de la elipsis y de las hipótesis sobre lo que habrá pasado antes y después del preciso instante que Pilar decide detener con su escritura: también en «Los seres efímeros» tiene toda la importancia del mundo lo que pudo haber sido y no fue, la posibilidad de escribir la hazaña, de relatarla, más que de llevarla a su culminación. A estos cuentos hay que desnudarlos, irles quitando la corteza poco a poco, descascarillándolos, hasta encontrar el núcleo; sin embargo, desvelar lo secreto sería una acción fácil y ordinaria, un comportamiento de brocha gorda, una inexactitud respecto a la consistencia brumosa de la vida, una simpleza, que nunca podría permitirse la inteligencia y la prosa delicada de Pilar Adón.

Un mecanismo con dos movimientos
 

El revés oscuro de las relaciones personales lo es también de las relaciones del lector con una lectura que se presenta como mecanismo con dos movimientos: uno, la lectura nos aleja de la realidad; dos, a la larga, nos empapa más profundamente de ella. Empapar no es un verbo elegido a tontas y a locas: el agua es un símbolo de muerte y la muerte, casi sin nombrarla, alimenta los relatos de Pilar Adón, que derrocha elegancia para decir no diciendo y para dar en el clavo con imágenes después de las que una palabra más sería verborragia: en «El viento del sol», la protagonista reflexiona sobre el hecho de que su sonrisa «no era la sonrisa de la felicidad espontánea». Sólo por una frase así este cuento merecería la pena. Pero es que, además, este cuento habla del miedo a vivir y de la imposibilidad del arte de cumplir su destino de comunicación, y de que, cuando llega el dolor, ni el viaje ni la literatura sirven para la huida porque el extrañamiento y el encuentro con uno mismo que se produce en esos viajes solitarios, en esas lecturas solitarias, genera una forma de lucidez que primero parece alejarnos de la realidad pero después nos la incrusta en la frente como una esquirla. Un mecanismo con dos movimientos. Pilar Adón en El mes más cruel no es una letraherida, sino una sabia.

Inexactitud
 

Sin embargo, no estoy muy segura de que El mes más cruel hable de estas cosas y ese no saber con exactitud es lo que más me gusta. La falta de precisión matemática, la imposibilidad de coger el agua entre las manos, el runrún persistente del «¿habré entendido bien?», la asunción de mi tamaño minúsculo frente a la elevación y profundidad de un texto son los que van a conseguir que este puñado de historias me mantenga en vilo y que, quizá, cuando dentro de unos años lo retome, se me presente bajo una luz distinta, pero seguro que no menos inquietante.

 


Marta Sanz