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Daniel Monedero

 

 

Volar a casa

 

 

 

 

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Daniel Monedero, Volar a casa

Primera edición digital: octubre de 2020

 

ISBN epub: 978-84-8393-666-5

 

 

© Daniel Monedero, 2020

© De esta portada, maqueta y edición: Editorial Páginas de Espuma, S. L., 2020

 

 

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A mi familia

 

 

 

... Hasta que las piadosas Nieves

Nos Empujan a volar a Casa.

 

Emily Dickinson

 

 

Me siento recién nacido a cada instante

para la completa novedad del mundo.

 

Fernando Pessoa

 

 

La belleza no descansa.

 

Anne Carson

 

Ornitología ilustrada

 

¿En qué se parecen las aves y el amor? No lo sé, porque esta es una historia sobre la cojera y la esperanza. O eso creo yo.

Pero qué sabré yo.

Comencemos por la chica que se tatuaba pájaros. Cada vez que se terminaba una historia con alguien, ella añadía un pájaro nuevo a su cuerpo. Aunque no era una experta en aves ni nada por el estilo. Tampoco miraba mucho el cielo, se miraba más las puntas de los zapatos. A veces llevaba botas Chelsea y otros zapatos planos, del tipo conocido como bailarinas. Y se hacía muchas preguntas mientras se miraba los pies. Porque prefería miles de cosas antes que observar los pájaros. Escuchar un disco de Wanda Jackson, por ejemplo, o vestir una gabardina beige para pasar el otoño. Le gustaba la lluvia si la contemplaba dentro de los autobuses, pero fuera no tanto. O cortarse el pelo cuando tenía problemas. Si tenía pocos problemas, se cortaba un poco el pelo. Si tenía muchos, se dejaba un corte mínimo, y así parecía que los problemas se iban, que en realidad no lo hacían, pero ayudaba esa sensación de que se quedaban ahí, desmayados en la peluquería. Y así ella podía seguir viviendo.

A veces caminaba por la ciudad, algún insecto revoloteaba a su lado y su compañía mínima le reconfortaba un poco. Se podrían contar otras cosas de ella, pero con esto quizá sea suficiente.

 

Un día, en mitad de un naufragio (no importa cuál), le vino esa idea como de la nada, podríamos decir que le cayó del cielo, pero sería un chiste demasiado barato. Es posible preguntarse cómo le influyó enterarse de que el compositor Olivier Messiaen quería llegar a Dios a través del canto de los pájaros, y por eso los traducía musicalmente. Aunque es probable que aquello no tuviera nada que ver. Ella no sabía dónde quería llegar. Tan solo fue a una librería y se compró un libro ilustrado sobre ornitología. Tardó en elegirlo. Buscaba un buen libro. Uno que tuviera tapa dura, muchas ilustraciones a color, y un lomo que combinase con su estado de ánimo. Le dijo al librero: «Recomiéndeme un libro sobre pájaros, estoy cansada de llorar inútilmente y de tener un insomnio que me destroza las cervicales. Usted sabe, si tiene experiencia, que el amor es una cosa triste y cansa mucho. El amor es algo malísimo para las articulaciones. Por eso necesito ese libro». Y luego resopló. Dijo: «Fú». Solo eso. Un ligero «Fú» que se podía interpretar de múltiples maneras. El librero no comprendía nada, pero era un tipo afable al que también le habían roto el corazón con distintos golpes de kárate sentimental. Siempre se enamoraba del mismo tipo de mujeres, se enamoraba o se obsesionaba con ellas, quién sabe lo que significan las palabras en determinados momentos. Enamorarse es una palabra pequeña para todo lo que queremos meter en ella. Las palabras a veces no dan más de sí. Les exigimos demasiado. Llevan siglos intentando contener el caos y a veces no pueden más. Deberíamos retirarlas de la circulación durante unos años para después volver a introducirlas en las conversaciones, relucientes y descansadas.

Uf.

El librero también tenía experiencia en el desamor y se enamoró (o lo que sea), ligeramente de la chica. Tampoco de modo concentrado, más bien un poco de pasada, como de medio lado. De su manera lánguida de mirar los libros y de ese cansancio tan elegante que tenía al caminar. Pensó: «Algún día todo esto me dolerá un poco. Lo sé. Y qué». Al librero le gustaban algunos poemas, no todos. Sobre todo los que escondían cosas debajo de las palabras que uno podía ir desenterrando poco a poco. Y se puso a escribir un poema esa misma noche inspirado por ella, aunque tenía abandonada la poesía desde la adolescencia, porque alguien le dijo una vez que sus poemas parecían listas de la compra y eso hizo estallar los pilares de su vocación. No comprendió que aquella persona quiso hacerle un cumplido. Quería decir: «Poemas tan necesarios, urgentes y verdaderos como una lista de la compra». Con el poema sobre la chica de los pájaros retomó la lírica y comenzó un libro con el que años después ganaría un premio literario. Pero esa es otra historia que no contaremos aquí, porque la chica salió de la tienda sin saber nada al respecto.

Llegó a casa y observó los pájaros del libro. Fue eligiendo cada ejemplar con sumo cuidado. Pronto supo que llevaría un cóndor en un omoplato y un ave lira en la muñeca izquierda.

 

Durante años se tatuó un pájaro por cada decepción amorosa. Aunque a ninguna de las personas con los que estaba les contaba la historia de sus tatuajes. Una vez lo hizo y fue una idea pésima. Se lo contó a Chester, un chico irlandés, después de una noche de debilidad etílica y sexo olímpico. Y a partir de entonces cada vez que Chester se acostaba con ella miraba todos aquellos pájaros y sentía que se estaba acostando con una multitud. Eso afectaba a su concentración y a su equilibrio mental de una forma aguda. Hasta que un día dijo: «Son demasiados pájaros en un solo cuerpo para un irlandés como yo». No entendía Chester, ese chico que iba siempre en bicicleta y olía como a recién fumigado, de qué iba todo aquello.

Pobre Chester, ahora no es más que es un estornino en el hombro izquierdo de una chica que espera al autobús.

A los que sí que les contaba la historia era a sus tatuadores. Creía que debían de estar informados del objetivo final de su obra. Y aunque en ocasiones se trataba de tipos duros, algunos se emocionaban tanto que lloraban mientras tatuaban. Y eso no era algo favorable para la ejecución de su obra. Pero no podían evitarlo. A pesar de todo, qué hermoso tatuar llorando, dijo uno de ellos. Y por primera vez en su vida sintió algo parecido a la iluminación.

La vida es algo que a veces dan ganas de abrazar.

 

La chica camina por la ciudad y se diría que ayudada por las alas de los pájaros se eleva unos centímetros del suelo, alza tímidamente el vuelo, y ya no toca la acera con sus bailarinas o sus botas Chelsea. Pero eso es una cursilería, una exageración literaria, claro, una licencia poética, y nunca sucedió. O sí. Quizá alguien se asomó al balcón de su casa y vio a esa mujer elevándose hacia el cielo como en un relato místico. Alguien que estaba pensando que la vida era oscura y vio a esa mujer por encima de los tejados, y todo cambió de pronto. Pensó que la vida era otra cosa que lo que parecía ser. Y merecía la pena hacer una maleta y no dar más explicaciones.

Todo eso pudo pasar tanto como no pudo pasar. Siempre es así. Entre lo que sucede y lo que no sucede solo hay una línea delgadísima.

Por ejemplo, podemos imaginar que cuando la chica duerme, los pájaros se despegan de su piel y vuelan por su cuarto. Es un auténtico lujo fantasear con esa escena: los pájaros revoloteando alrededor de su cuerpo dormido. Cuando deja la ventana abierta, escapan y sobrevuelan la ciudad hasta la mañana siguiente. Quién sabe a dónde van. Por qué vuelven. Siempre que la chica despierta, ya han regresado a su piel.

Sin ella, solo son pájaros perdidos.

 

Cuando la chica baila, los pájaros bailan. Cuando la chica llora, los pájaros querrían salir huyendo. Pero no huyen.

Un día, desnuda, frente al espejo, susurra: «Soy una bandada».

 

La chica de los pájaros está trabajando en una peluquería para perros. Quería trabajar en una peluquería para humanos pero acabó trabajando en una peluquería para perros. Así es la vida, de pronto estás ahí, donde nunca pensaste que te encontrarías, cortándole el pelo a un Setter inglés a las seis de la tarde mientras piensas en quién eres y en lo qué estás haciendo con tu existencia. En el modo en el que los acontecimientos se han combinado para que te encuentres justo en ese sitio tan inesperado. Uno está buscando su lugar en el mundo, pero a lo mejor ese lugar no existe, y ese descubrimiento puede ser trágico o ridículo, según se mire, pero cómo relaja.

Y además da un poco igual.

Está cambiando el look de un Fox Terrier. «Quiero algo más actual», le dijo su dueña, una actriz que frecuentaba demasiado el extrarradio, los casinos y los ansiolíticos. Y la chica ahora está a solas con el Fox Terrier mirándose cara a cara. Y por un segundo cree que están ellos dos solos en el universo. Ellos dos y un absurdo cósmico.

El Fox Terrier lame los pájaros de los brazos de la chica.

Los días pasan.

A veces parece que va a suceder algo prodigioso y luego no sucede.

Un día entra por la puerta un hombre con un perro. No es suyo, se lo está cuidando a su vecino, que ha tenido que salir de viaje. Es un perro incomprensible para él, pero al que quiere cortar el pelo. No sabe mucho de estética ni de animales, pero cree que el perro necesita un corte.

Es probable que el corte lo necesite él y lo haya somatizado a través del perro, piensa la chica. No está de más plantearse esa opción.

El hombre tiene un bigote algo triste, un bigote que parece más un descuido que un mostacho. Un hombre que lleva un bigote como no podría llevarlo es alguien que tiene que comenzar a cambiar algunas cosas en su vida, creo yo. Pero eso seguramente él no lo pensaba, porque seguía con ese bigote como de nadie y para nada, caminando, con una ligera cojera que tampoco era cojera, porque ningún médico se la había diagnosticado y no había sufrido ningún accidente, era una cojera sutil, finísima, tenías que fijarte un poco en ella para verla, y aun así a lo mejor no la veías, una cojera que más bien se intuía, o se olía (¿la cojera huele?) una cojera psicológica, si es que eso existe y no me lo he inventado yo. Él era cojo más por convencimiento que por otra cosa. Había veces que también se olvidaba de la cojera, cuando avistaba un pájaro deseado, por ejemplo. Esos eran sus días más felices. Entre todas las opciones había elegido esa: clasificar pájaros. Mirar a lo alto y atrapar fugazmente lo que huye.

Un bigote absurdo también es una manera de estar en el mundo, podría haber sido su lema.

 

Si existe una mujer con el cuerpo lleno de pájaros y un ornitólogo pasa a su lado, aunque tenga un bigote absurdo y una cojera inventada, deberían enamorase (o lo que sea), hasta que todos los pájaros se vayan volando del cuerpo de la chica y el mundo parezca nuevo.

Pero la vida no está ordenada dramáticamente y nunca tuvo tres actos.

¿O sí?

Si piensas que es posible que una chica tatuada de pájaros se encuentre con un ornitólogo en una peluquería para perros, todo es posible.

Aunque creo que he mezclado varias historias diferentes.

La chica de los pájaros no trabaja en ninguna peluquería para perros. Trabaja en un bar como camarera a media jornada. Sí que conoce a un ornitólogo, pero está en la barra de un bar. El ornitólogo no tiene el aspecto que uno podría pensar de un ornitólogo si es que los ornitólogos tienen algún tipo de aspecto en común. Es muy delgado y bebe con un nerviosismo un poco oscuro. De cojera inventada nada. Aunque sigue teniendo un bigote alicaído. No sabemos por qué un ornitólogo puede estar tan triste, pero lo está. Nadie bebe solo durante tanto tiempo si no hay algo que le duele sin remedio en un lugar inconcreto. Si no tiene cientos de grillos revolviéndose dentro él. Eso es algo que él pensó una vez: el dolor es como cientos de grillos cantando dentro. Y por eso yo lo digo. No hago más que repetirlo.

El ornitólogo comienza a decir los nombres de todos los pájaros que la chica lleva en los brazos. Y así se conocen.

Un momento. Hay otra imprecisión.

El ornitólogo en realidad no es un ornitólogo de profesión, solamente es un aficionado. Trabaja como empleado del metro. Pero su afición son los pájaros. Es casi un chiste y él lo sabe, trabajar bajo la tierra y amar de ese modo lo que vuela. Le parece que tiene un punto ridículo y se avergüenza un poco al mirarse en el espejo.

La chica tatuada se aparta el flequillo con un soplido mientras habla con él. Siempre lo hace así. Se aparta el flequillo de un soplido. Y a él ese gesto le parece lleno de candor. Qué pasa con eso hoy en día, se pregunta. Con el candor.

En la cama el ornitólogo aficionado observa el cuerpo lleno de pájaros de la chica y llora de felicidad. Un borde del corazón se le hace añicos y el otro se le llena de agua un poco verde. La existencia es hermosa y alambicada y a veces uno se encuentra en lugares así, que valen por toda una vida. Si me canjea una década entera por este instante yo se la regalo ahora mismo. Una década de hipotecas, conversaciones necrosadas de ascensor y sábados disecados. El ornitólogo aficionado nunca había imaginado que la vida le otorgara un regalo como ese, a él, que siempre está perdiendo calcetines y trenes, que una vez lloró observando la ventana rota de una guardería, aun sabiendo que todos los días, en muchos lugares, sucedían atrocidades mucho peores. Pero las lágrimas llegaron sin avisar, dando testimonio de una herida desconocida para él hasta entonces.

Parece que hasta la luz se filtra por las paredes para iluminar el cuerpo de la chica. El ornitólogo aficionado pasa los dedos y la lengua por cada pájaro. La muchacha gime de excitación o quizá llora con una alegría un poco rara. Algo se rompe dentro de ella. Escucha como un clic en el alma, qué será eso. Algo le hace clic en un lugar tan oscuro y profundo que ni el psicoanálisis llega a tocarlo con sus manos. El ornitólogo siente que ha encontrado a la mujer de su vida, pero a la vez sabe que nadie puede creer en eso a estas alturas sin sentirse un poco ridículo. Ella está llena de pájaros y escarmentada de romanticismo, y hay como una nube que cubre sus expectativas y que se llama experiencia. Cualquiera que haya convivido durante años con la persona que ama sabe cómo la realidad le complica las cosas a la lírica. No estás acariciando otra cosa que el fracaso del amor, comenta. El ornitólogo dice que quizá sea mejor dejar las palabras a un lado, abrir la ventana, tirarlas al suelo, escupir sobre ellas, puagh, dejar que las manos y los codos sigan hablando, que hablen las rodillas, el húmero, los abdominales, mañana amanecerá y quién sabe lo que es el mundo.

 

El ornitólogo aficionado tiene una biblioteca riquísima sobre el tema. Cientos de libros. A veces no sabe si le gustan más los pájaros o los libros sobre pájaros. No diferencia mucho entre leer un libro sobre halcones o contemplar los halcones. Una noche sueña que su biblioteca sobre ornitología sale volando por la ventana. Cada libro emprende el vuelo. Y entonces confunde los pájaros y los libros, y cae en la cuenta de que son exactamente lo mismo. Después despierta y ve que su biblioteca sigue en el mismo lugar.

O eso parece.

Las cosas no están tan claras. Se trata de una historia que se nos escurre un poco entre las manos. La memoria me falla a estas alturas. Todo se mezcla de manera circense y desordenada. Puede que en realidad el ornitólogo sea el autor del libro que la chica se compró en la librería y nunca lo haya conocido personalmente. Solo ha leído su libro. Es posible que la cojera fuera del librero y el bigote desorientado también. No podemos asegurar nada. La realidad vuela y está boca abajo. Y además no hay que fiarse de alguien que se gana la vida inventando historias para entretener a los otros o aliviar un poco su desesperación. A ver si al final la muchacha es la ornitóloga y el librero quien se tatuaba pájaros.

Soy un narrador con una memoria desastrosa, eso está claro.

 

¿Y si solo hay una mujer en casa mirando por la ventana unos gorriones que se posan en un banco del parque, intentando olvidar algo extremadamente doloroso? Una mujer que imagina toda esa historia de los tatuajes y el ornitólogo, para creer que el mundo es más hermoso de lo que es en realidad. Solo eso. Nada más.

Pero tampoco podemos asegurarlo sin temblar, claro.

Las cosas a veces parecen una cosa y después otra y luego ya no sabemos. Incluso así llegamos a algunas conclusiones sobre la realidad. Es todo devastador e incomprensible. Cómo pasa el tiempo para nada. Qué delicado es vivir y qué acto de fragilidad amar algo que va a morir, porque sí, porque todo va a hacerlo inevitablemente. Todos amamos algo que va a pudrirse, pero mientras tanto aquí andamos, montando muebles y perdiendo la cabeza.

Qué digo.

No había ninguna mujer mirando unos gorriones. Digamos la verdad. Es todo pura fabulación. Solo existen los pájaros en el cielo, y hombres y mujeres, a montones, todos ellos rompiéndose el corazón y buscando diferentes estrategias para la supervivencia. La vida late y la realidad bulle, eso es lo único por lo que podemos poner la mano en el fuego. De momento, un colibrí aletea cerca del corazón de un extranjero y parece que en la tierra fuera a pasar algo que lo cambiará todo para siempre.

El mundo duele y es insuperable como construcción de la mente.

Lo único seguro es que ahora mismo un gorrión canta en algún lugar y en el otro extremo de la tierra un mirlo se está muriendo sin que nadie lo vea. Hay pocas cosas más hermosas y extrañas que ver a un pájaro morir en pleno vuelo y quién sabe en realidad para qué sirve todo esto.

Deberíamos pensar un rato en alas y en nada.

La existencia es un hilo delgado y a lo mejor todo se lo lleva el viento y lo mismo ya nada está ahí donde suponíamos que se encontraba. La literatura tiene una enorme capacidad aérea y hay que tener sumo cuidado con fiarse de ella. En realidad la única verdad por la que de momento puedo poner la mano en el fuego es que yo mismo soy la mujer que mira por la ventana, el tatuador, la chica, el librero, el bigote y la cojera.

 

Yo soy todos los pájaros.