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Detrás de la muralla

© Arquimedes Barajas, 2019

Arquimedes55@gmail.com

ISBN de la versión impresa: 978-874-04814-0-2

Primera edición, Dinamarca, enero del 2019

Edición, diseño y producción editorial:

SAXO.com Hispanic ApS

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Strandboulevarden 89, 2nd th Copenhague, Dinamarca

Teléf.: (+51) 1 221 9998

El presente texto es de única responsabilidad del autor. Queda prohibida su total o parcial reproducción por cualquier medio de impresión o digital en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o en cualquier idioma, sin autorización expresa del autor.

Índice

Detrás de la Muralla

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En el recorrido que hace mi memoria en un taller de pintura y una máquina de escribir, hay una lista de oficios a través de la historia de mi vida, en ella veo una infancia feliz en juegos de calle y parque y una capacidad para soñar dormido o despierto que hace el común denominador, como cocinero, escultor, poeta, cuentero, teatrero, titiritero, amigo, amante y sobretodo pintor, que se convirtió en mi oficio a través del cual me he ganado la vida y me permite una existencia de Bohemia para el acunamiento de las musas que han tocado mi puerta.

El ocaso de los pueblos y los campos de la cordillera varía de acuerdo a la posición en que se encuentra el observador, los paisajes tienen el color y el sabor que la mano de los hombres les da a punta de hacha y machete, mismo que se riega con sudores, sacándole frutos a la tierra y ennobleciendo la mano que los teje como bellas colchas de retazo.

Carlos se tumbó sobre la hierba, todas las tardes lo hacía, y puso su cabeza en un tronco en medio de un claro del cafetal. Antes de eso había escondido el canasto con granos de café de la traviesa a medio llenar, soñando con el amor de su bella María que debería aparecer en cualquier momento para ir al río y disfrutar de las frescas aguas como todas las tardes en juegos de amores interminables, enamorados. A pesar de las críticas de su abuela se inventaron un amor clandestino y prohibido por ser primos hermanos, entre primos más me arrimo, decía María. Los amores entre aquellos de la misma sangre traen desgracias a la familia, repetía la abuela, y ellos se inventaron maneras escondidas de observarse y códigos de miradas que solo ellos entendían.

Absorto, fijó la vista en un águila entre el limpio azul del cielo pero, su vuelo de libertad fue interrumpido por el sonido de tiros de escopeta y un barullo de gritos lejanos que venían en dirección de la casa de María. Él se levantó asustado y al querer volver al camino María apareció jadeante y con su vestido rasgado y manchado de sangre.

–Los mataron y nos están buscando –Le dijo con un grito de dolor–. Vámonos amor.

Ella lo tomó de la mano.

Él cubrió con su camisa el torso de su bella novia y buscaron en silenciosa carrera los bajos del río. Solo se detenían para escuchar. Sintieron alejarse los perros en dirección del camino y los gritos de sus perseguidores se fueron alejando. Como pudieron, llegaron a su escondite convencidos de no ser encontrados. Habían construido un refugio amoroso junto al río y se tumbaron allí a esperar.

La noche fue llegando y encontró al uno en los brazos del otro, los minutos se fueron alargando pero encontraron la paz en la música de sus corazones trepidantes, el bullicio del agua del río sobre las piedras y los animales que buscan sus refugios. Serenos, hablaron del dolor de imaginar a sus familias muertas o huyendo como ellos en medio de su tierra arrasada y con el temor a ser encontrados. Pensaron en la abuela, sus padres y toda su vida familiar pasó por sus mentes juveniles. Recordaron los consejos de la abuela, si algún día llegan los bandidos por la tierra, huyan, no den pelea y váyanse muy lejos, es la única manera de sobrevivir. En su sabiduría ella lo sabía, lo vivió más de una vez “es el costo de ser pobre”, decía en una frase que revoleteaba por sus mentes, sabían que nadie volvería por ellos y estaban convencidos que hacerlo sería su propia muerte. Aquella era una angustia que contrastaba con la ilusión de permanecer juntos y seguir adelante para formar una nueva vida, de los dos y del uno para el otro. Tomados de la mano, tras un rato sus párpados fueron cayendo con el susurro de la noche, así durmieron, así amanecieron.

Carlos y María venían planeando su fuga para esquivar las críticas e impedimentos de sus familiares y en su refugio tenían ropas, algún dinero escondido en dos maletas livianas a manera de morral, y habían hecho incursiones sobre la ruta a seguir donde soñaban con una ciudad a orillas del mar.

Volver atrás sería correr el riesgo de ser asesinados por quienes desde hace tiempo querían apoderarse de las tierras de su familia.

No quisieron conocer la historia de su dolor, dejaron lo que más amaban, sus padres, sus parientes más cercanos, su tierra y sus amigos, ese es el costo de la realización de su sueño.

Amaneció y Carlos salió del refugio a buscar alimentos, volvió con huevos de un nido que comieron crudos, tumbaron el refugio tratando de borrar toda huella en caso de ser perseguidos, Carlos tomó un par de naranjas y una rosa silvestre que prendió de los cabellos de su amada y comenzaron el viaje por la orilla del río tomando todas las precauciones para no ser vistos. Caminaron sin parar, solo se detenían para observar y calcular el terreno, la primera jornada duró hasta llegada la noche, sin descanso para alejarse del peligro de sus perseguidores.

Sin miedo a la noche y armados con toda la fe de su amorosa decisión, con la sabiduría de sobrevivencia de dos jóvenes campesinos y las fortalezas de sus cuerpos adaptados a las dificultades, hicieron un refugio y buscaron comida silvestre, Carlos sacó del río un par de pescados de buen tamaño que aderezó con limón y sal, encendió fuego para alejar a los mosquitos, asaron la pesca, y durmieron cerca a las piedras del río sobre la arena abrazados. Al tercer día de fuga, convencidos de que estaban a salvo, buscaron los caminos paralelos al río, se encontraron con caminantes, con quienes cruzaban palabras en busca de noticias pero nadie tenía idea ni había escuchado nada sobre masacres y persecuciones, caminaron durante siete días, Carlos en la primera noche hizo un par de sombreros de paja para protegerse del sol del mediodía, siguieron sin interrupción hasta llegar a un poblado a orillas del río grande. Antes de entrar al poblado repusieron fuerzas y lavaron sus ropas en el río. Carlos salió solo al poblado tomando precauciones, averiguó y compró boletos para embarcarse en las horas de la mañana, volvió al sitio donde dejó a María y juntos esperaron el amanecer.

El amanecer de los puertos sobre los grandes ríos tiene una agitación que contrasta con la vida del campo así como cierto poder de atracción, el contraste entre los trabajadores de los barcos, las pequeñas naves, los pescadores que en “corre y corre” llevan y traen cargas, los vendedores de comida, alhajas y los viajeros llaman la atención de María, unos muy bien vestidos y con modales que gritan “aquí vengo yo”, y otros en humildes faenas como si quisieran pasar desapercibidos. Los dos enamorados se embarcaron río abajo en busca del mar, en un vapor de mediano tamaño, dividido en dos pisos de acuerdo a la clase social y que se diferenciaba por el vestuario de los ocupantes. María se sentó en una banca de proa desde donde podía ver los balcones del segundo piso atraída por los vestidos y sombreros de la primera clase así como por ver los paisajes del río y los paisajes exóticos de un río henchido de aguas y orillas de selva vírgenes que llaman al misterio, la brisa del río acariciaba su rostro y sus pensamientos a futuro se elevaban y solo eran retenidos por la mano de Carlos, que a su lado volaba en su propio mundo.

El barco de vapor paraba en cada pueblo de las orillas del río para recoger o dejar encomiendas y pasajeros. Durante cuatro días y comiendo lo necesario para sobrevivir, Carlos y María navegaron de puerto en puerto y de parada en parada, tratando de no llamar la atención, disfrutando de un paisaje exótico y agreste de aguas y selvas con animales inmensos, pájaros diversos que cantan melodías lejanas con sabor a orilla y los gritos de los monos aulladores, loros parlanchines, fieras que vendían miedo y algunos peces que se refugian dentro del buque perseguidos por los cocodrilos.

En una de las paradas de puerto subió al vapor una pareja de mediana edad, juntos subieron al segundo piso y tomaron asiento en el balcón, la mirada de la mujer se cruzó con la de María y un extraño presentimiento pasó por su mente, la mujer hizo un saludo con la mano y sonrió con simpatía a María.

–Hola –Respondió la joven desde su banca y soltó la mano de su amado compañero.

La pareja puso el ojo en los jóvenes y después de una conversación entre ellos, la dama hizo una señal a María de que subiera al balcón, María se acercó intrigada.

–Mi esposo y yo queremos invitarlos a compartir nuestro almuerzo –Dijo la señora, habló con el hombre que celaba la escalera de acceso y después de entregarle un dinero por la diferencia del pasaje los llamó y los acompañó al segundo piso–. Yo soy Raquel y mi esposo se llama Arturo.

La pareja de mediana edad entabló conversación con los jóvenes para saber de dónde venían y su destino, María habló de su sueño de ir a la ciudad amurallada en busca de destino. Raquel por su parte contó que vivían en el próximo pueblo a unas tres horas de recorrido, y les hizo además una propuesta de trabajo en un hotel de su propiedad.

–Necesitamos una pareja joven con deseos de progresar –Dijo Raquel mientras les ofrecía un plato con pescado frito y patacones que sacó de la canasta.

Carlos y María comieron y agradecidos, no pensaron dos veces para desembarcar junto con ellos, cambiando un sueño incierto por un trabajo seguro. Sin acuerdo alguno, los muchachos dieron nombres diferentes por temor a los perseguidores, él dijo llamarse Poncho y ella Rosaura.

Un hombre los esperaba en el puerto con dos caballos y una mula en la que cargaron maletas y bultos con mercancía.

–Este es un pueblo de mucho progreso –Le dijo Arturo a “Poncho” –, acá vienen los mineros a vender el oro que sacan en las montañas y las riveras de los ríos, además se cultiva en grande maíz, algodón, arroz, pan y la pesca es abundante por las ciénagas que se forman en los bajos del río.

Todo esto le comentaba Arturo a Poncho mientras llegaron a la casa, donde fueron acogidos por la pareja de quienes con el tiempo aprendieron el oficio de la hotelería y el servicio a los viajeros. La actitud y desenvolvimiento de Carlos y María, o mejor dicho, Poncho y Rosaura, los hicieron la pareja ideal para la administración del hotel, fue un año de paz, trabajo y aprendizaje que les serviría para toda la vida y además se ganaron el amor de los dueños. Así, los jóvenes cambiaron los recuerdos de sus familias perdidas y sin saber que alguien haya sobrevivido, pero con la seguridad de estar vivos gracias al amor que se tenían; ahora como Poncho y Rosaura, forjaron una historia corta y cerrada para evitar el dolor y buscar un futuro sin las amarras de las cosas tristes.

El pueblo, envuelto en la humareda del progreso y la riqueza, atraía por un lado las ilusiones de quienes desplazados de sus tierras volvían a tener sueños de fortuna rápida, unos de manera honrada, otros con intenciones obscuras, por esto aquel lugar se llenó de jugadores, aventureros y mujeres que vistieron las noches de alegría, luces y bullicio; el hotel crecía con la rapidez y la diligencia que vieron Arturo y Raquel su esposa, en la joven pareja.

Vendedores, aventureros, comerciantes de todo tipo pasaban día y noche por el creciente hotel, siempre bien atendidos por Rosaura que, en el cuidado de los cuartos se esmeraba. Poncho trabajaba haciendo mandados, registrando, asegurando y ganándose el cariño de los dueños y por supuesto los huéspedes que bien correspondían con propinas, mismas que Rosaura fue atesorando junto con su sueldo porque Arturo y Raquel no les permitían gastar nada pues los proveían de todo.

La violencia de los pueblos de la cordillera siempre trae noticias que sangran los cielos y la tierra y lo que fueran rumores lejanos se convirtieron en alertas que sitiaban el pacífico pueblo. Una noche, desde el altillo que hace su nido de descanso y amor escucharon ruidos en las afueras del hospedaje y sintieron carreras y señales de escaramuza, el pueblo estaba siendo víctima de un ataque de bandidos que arrasaban con todo lo que oliera a fortuna. Al percatarse de esto, los enamorados se despertaron sin hacer ruido, se levantaron, saltaron por la ventana del cuarto, corrieron por el muro que llevaba al patio descalzos, él en pantaloneta y sin camisa, ella con una bata dormidera. Carlos y María, no alcanzaron a avisar a los dueños del hotel, porque los golpes y los tiros los ahuyentaron. Buscando la paredilla del fondo de la casa escaparon hacia la calle posterior y corrieron a buscar el monte, mientras atrás se escuchaban tiros y explosiones acompañados de gritos y llantos que se generalizaron por todo el pueblo. Para no usar los caminos que llevan al río, rodearon una casa humilde para llegar al zarzal, pasando por un pantano y se enterraron en el lodo cubriendo su cabeza con grandes hojas mientras esperaron las luces de la alborada que les obligaron a salir y alejarse lo más pronto del pueblo. Un infierno de pólvora y gritos se escuchó toda la noche unido a los parlantes de la iglesia que hicieron sonar la música de la cantina, mientras los invasores violaban y usurpaban todo lo valioso del pueblo.

Carlos y María siguieron monte adentro en paralelo al río tapados con hojas para camuflarse, no pararon hasta llegada la tarde, de pronto escucharon en el camino cercano, galopes de caballo y disparos y vieron huir a un hombre con un morral a su espalda perseguido por otros dos.

–Se fue por allá –Gritó uno.

–Creo que le di, el caballo está sangrado –Gritó el compañero.

Poncho y Rosaura treparon a un árbol y permanecieron allí abrazados, los perseguidores revoletearon la zona sin encontrar nada.

–Volvamos al pueblo antes que nos coja la noche –Gritó uno de ellos y se perdieron de vuelta por el camino.

Quietos, sabiendo que el perseguido estaba cerca, pasaron la noche en vela, trepados con miedo de caer del árbol. Algunos ruidos en la noche los alertaron y a la madrugada unos gemidos ahogados los tuvieron pendientes, las primeras luces calaron entre las hojas y medio dormidos bajaron del árbol.

–¡Cuidado! –Dijo Rosaura y señaló el cuerpo del hombre tirado sobre la hojarasca al pie del árbol bañado en sangre–. Está muerto.

Lo revisaron y ni un asomo de vida encontraron.

–Ponte esas botas, te quedan buenas.

Poncho las tomó y se las calzó, cogió el morral que estaba a un lado del cuerpo y buscando la orilla del río se alejaron. Más adelante tomaron un descanso y comieron guayabas, tomó el morral buscando ropa, lo abrió y sus ojos se agrandaron, estaba lleno de dinero, tanto dinero como nunca antes había visto. Si alguna vez el infortunio les trajo la felicidad por su amor limpio y encontraron en el camino una lección de vida y trabajo, hoy allí la fortuna crecía como una flor del pantano y solo pensaron en seguir su camino hasta llegar a la ciudad frente al mar e instalarse.