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EL REINO OSCURO
Primera edición, Dinamarca, enero del 2019

© J.S. Hernández, 2019

Editado por SAXO.com Hispanic ApS
https://yopublico.saxo.com/
Strandboulevarden 89, 2nd th Copenhague, Dinamarca
Teléf.: (+51) 1 221 9998

ISBN: 978-874-046-200-5
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N° 2019-01663

El presente texto es de única responsabilidad del autor. Queda prohibida su total o parcial reproducción por cualquier medio de impresión o digital en forma idéntica, extractada o modificada, en castellano o en cualquier idioma, sin autorización expresa del autor.

Índice

PRÓLOGO

CAPÍTULO 1 El recuerdo de la desgracia

CAPÍTULO 2 El comienzo de la odisea

CAPÍTULO 3 Escape hacia lo incierto

CAPÍTULO 4 La prisión

CAPÍTULO 5 La creación del mal

CAPÍTULO 6 El primer encuentro

CAPÍTULO 7 La ciudad oculta y el Gran Concejo

CAPÍTULO 8 Libre albedrÍo

CAPÍTULO 9 El camino hacia el sur

CAPÍTULO 10 Leyenda

CAPÍTULO 11 Perdiendo la esperanza

CAPÍTULO 12 La llegada de las aves

CAPÍTULO 13 Puestos de acuerdo

CAPÍTULO 14 Éxodo

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Nacido el 14 de octubre de 1972 en el municipio de Sombrerete, Zacatecas, México. Desde pequeño mostró su gusto por la lectura. Por decisión propia, abandonó los estudios para dedicarse a trabajar en los negocios de su padre. Al mismo tiempo, comenzó a mostrar interés por la vida política llegando a ser consejero y capacitador estatal. Posteriormente desempeñó varios cargos en la administración pública municipal entre los que destacan el de regidor, subdirector de obras públicas y titular de algunos departamentos. Actualmente, es casado y padre de un hijo adolescente.

Prólogo

Aquel noble bruto, de magnífico porte y color azabache, detuvo su andar. Agotadas casi por completo sus energías, resoplaba escandalosamente, como queriendo ser escuchado por el ser que lo montaba y que hacía bastante tiempo no daba señales de vida.

Con los belfos cubiertos de espesa espuma, mezcla de baba y sangre, producto del esfuerzo de minutos interminables de camino y, en la mayoría de estos, de un galope frenético ante el castigo implacable de su jinete, relinchó en un último intento de volver a la realidad a su amo… y lo logró. Este, despertó sobresaltado, con la mirada llena de terror y de locura. Volvía la cabeza rápidamente en todas direcciones buscando indicios de lo que le causaba tal estado de pánico. Pudo relajarse un poco al comprobar que no había ningún peligro, por lo pronto.

Sentía dentro de su ser la necesidad apremiante de llegar. ¿A dónde? La verdad ni él mismo lo sabía. Sólo comprendía que tenía que llegar. De eso dependía su existencia, y era lo único que importaba. ¡Todo y todos los demás se podían ir mucho al diablo! Lo principal era la salvación de su humanidad.

Ante sus ojos se extendía un paisaje un tanto o más bien demasiado peculiar: desde el punto donde se encontraba y solo con bajar la mirada siguiendo la pendiente que justo comenzaba en las patas delanteras del caballo, un valle se encontraba entre dos pequeñas laderas, a manera de un pequeño cañón. Dicho valle estaba densamente poblado de árboles. Árboles que presentaban un aspecto muy diferente a los más “normales” que eran llenos de frondosas ramas con hojas color verde. Estos árboles más bien eran todo lo contrario: secos. Sin una gota de vida. Muertos. Con decenas de brazos inertes extendiéndose hacia cualquier lado, como implorando un poco de agua. De modo que llamarlos árboles se debía sólo al recuerdo de una época remota. Tal vez “esqueletos de árbol” quedaría mejor para de alguna manera nombrarlos.

Miles de estas cosas se desperdigaban sin armonía alguna a lo largo de varios cientos de metros, hasta prácticamente topar con un inverosímil río que surrealistamente le cortaba el paso a este “bosque”.

Nubes enormes y oscuras impulsadas por el viento, comenzaron a cubrir rápidamente los rayos del sol. Esto, aumentó el aspecto fatal de los otrora hermosos ejemplares de la flora.

El tiempo, inexorable, continuó su marcha. Minutos perdidos por aquel hombre montado a caballo que ante el aspecto amenazador que presentaba su inminente camino, lo puso en un estado inanimado bastante extraño, aletargado. Como hipnotizado y sin voluntad propia.

En ese entonces, se hubiera podido alegar en su favor el hecho de que, a simple vista, el hombre presentaba un aspecto anormal, sin ser dueño completo de sí mismo porque aunado a su mirada errante y lejana, gruesas gotas de salado sudor escurrían por su cara en busca del suelo. Todo su cuerpo presentaba un ligero temblor y sus labios estaban resecos y llagados. Sus venas le daban la sensación de estar conduciendo hirvientes torrentes de lava, ocupando el lugar que la sangre debería tener.

Sin embargo, al cabo de un par de interminables minutos más llenos de infinitas dudas, se logró auto disuadir por una idea que de alguna parte de su cerebro avanzó abriendo paso entre la bruma y a modo de orden, se adueñó de su cabeza: ¡Tienes que continuar para vivir!

Impulsado por este pensamiento, abrió la boca para ordenar a su caballo que iniciara el descenso hacia el bosque de árboles muertos. Más nunca pudo dicha orden escucharse al viento, porque se atoró y murió asfixiada en la garganta del hombre. No se escuchó su voz, pero el silencio fue roto a pesar de ello, desgraciadamente por un sonido jamás deseado. Un sonido rompiendo la poca armonía del entorno. Un grito gutural. Un chillido atroz penetrando por la nuca y no por los oídos, provocando descargas de miedo en cualquier ser vivo que tuviera la desgracia de escucharlo.

La piel ardiente hasta entonces de aquel hombre, obró un cambio drástico en fracciones de segundo. Todo aquel calor se transformó en un frío glacial, de tal intensidad que los vellos se erizaron en todas las partes de su cuerpo.

El noble animal sufrió la misma suerte del hombre. Se paralizó a tal grado, que aunque su amo le hubiera reventado los ijares a espuelazos, este no lo hubiera podido hacer avanzar un solo paso.

Una fuerza impropia obligó al jinete a volver la vista directo a donde se dejó escuchar aquel infernal grito. Jamás fue su voluntad. Pareciera que algo o alguien le habían vuelto la cabeza bruscamente mirando lo que jamás hubiera querido. Al menos eso pensaría, si el tiempo se lo hubiese permitido. Pero no fue ningún ser quien lo obligó, más bien fue una fuerza interior, superior a toda capacidad de voluntad que sobreviviera dentro de sí, una fuerza llamada instinto.

El instinto natural que en los seres racionales, la mayoría de las ocasiones descansa apaciblemente dentro de ellos, dejando que los sentidos y el cerebro hagan todo el trabajo. Pero que despierta y actúa velozmente cuando aquellos no pueden con la carga que se avecina. Despierta para tratar de salvar a su poseedor de la mayoría de sus peligros. Coordinando en perfecta armonía todos los órganos del cuerpo para que juntos trabajen en una sola dirección: la de su propia salvación.

En este caso, el instinto fue derrotado inmisericordemente. No hubo respuesta alguna ni de nadie ni de nada que participara en esta tarea. Él la había comenzado al hacer volver la cabeza a aquel hombre y quizá había sido contraproducente, porque lo que sucedió con esta acción fue que se paralizó más aún aquel pobre infeliz, si es que pudiera aumentar su estado de petrificación.

Derrotado, humillado y sin motivo alguno por el cual debiera estar ahí, el instinto desapareció casi con la misma celeridad con la que había llegado. Dejando al desdichado de su dueño, a merced de aquello que a manera de un gran torrente de masa oscura se le venía encima sin piedad alguna…

Súbitamente, despertó. Sobresaltado por la aún imagen en su mente, la imagen de aquellos seres que estaban por acabar con él.

Su caballo estaba justo donde se encontraba en su pesadilla. En la misma pendiente bajo sus patas delanteras. Miró además el bosque muerto más allá. Un temblor lo comenzó a inundar, pero logró dominarlo esta vez al pensar fijamente en una idea: Fue una pesadilla, solo estaba soñando. Sí, ¡una maldita pesadilla! y exhaló un suspiro de alivio.

Debo moverme, antes de que todo se convierta en realidad, pensó.

Dudó un poco, recordando aquel mal sueño. Se decidió, apretó suavemente con sus talones los costados de su montura para avanzar. Sonrió con regocijo al comprobar que el animal comenzaba el descenso de la colina, alzó la mirada al cielo para bendecir… Y se le vino el infierno encima.

¡Suerte maldita ya estaba echada! Murió su sonrisa y fue sustituida por un gesto de incredulidad al no concebir lo que estaba ocurriendo. Aquel espantoso ruido gutural se escuchó más fuerte que en su pesadilla esparciéndose por todo el valle.

El caballo realizó sin error alguno lo hecho en el sueño: se paralizó.

Pero ahora, y seguro de no tener otra pesadilla, el hombre actuó contrario a su corcel. Nunca se invadió de miedo, no. Más bien, enojo, coraje, ira, furia. Una furia enorme, imparable y solo comparable con aquel ramalazo de valentía que de él emanaba.

–Hijos de perra –Exclamó.

De su frente no resbalaba ni una sola gota acuosa más. Yla intensa fiebre se había retraído hasta pensar en su extinción. Su mirada no mostraba signos de locura o desvarío. Su cuerpo no temblaba, estaba firme. Tenso ante el momento y la situación. Acerado. Esperando, preparado para comenzar a pelear. El instinto por primera vez se unió con el cerebro y los sentidos. Alertas, despiertos, ¡vivos!

Se bajó rápidamente de su montura y le pegó fuerte en el anca. Esto actuó como de interruptor de encendido en el animal, quien ni tardo comenzó su galope cuesta abajo, buscando su salvación.

Gracias por tu esfuerzo, pensó el hombre con gusto al mirarlo alejarse de una muerte segura. Era un gran ejemplar aquel, y no merecía pasar por semejante tipo de suerte, misma que era solo de su exclusividad. Lo notaba, lo pensaba, lo sabía… lo sentía.

–¡Si creen que no voy a pelear y me dejaré arrancar la carne entre lágrimas y suplicando piedad! ¡Van a tener que reencarnar varias veces para verlo, malditos! Se van a llevar muchos de ustedes una gran decepción y una desagradable sorpresa. ¡Vengan perros! ¡Acérquense un poco más a su inocente víctima! Vengan a disfrutar de un delicioso trozo de mi cuerpo. Vengan a terminar con mi vida. Solo que para hacerlo, deberán pagar su precio. Porque han de saber que valgo muchos de ustedes ratas inmundas. Valgo más que todos ustedes juntos incluso. Y los derrotaría si no fueran tan cobardesy traidores. Solo en grandes cantidades se sienten con la valentía suficiente para enfrentar a alguien, aunque ese alguien solo sea una persona como yo –Pronunció sin intención de ser escuchado.

De su espalda descolgó un bello arco tallado con figuras semi humanas, una veintena de flechas dormían plácidamente en el carcaj acomodado en su dorso también. Una de ellas fue despertada, elegida al azar. Daba lo mismo. Al final, no quedaría ninguna sola de ellas.

En su pierna derecha descansaba una larga funda de cuero que albergaba una magnífica espada de doble filo. Ya habría tiempo de probar que su fabricación no había sido en vano.

Tengo que llegar. Cruzó esta frase por su mente, haciendo eco dentro de ella.

–No, no tengo que llegar –Corrigió en voz alta–. Ya he llegado.

Tal vez nunca había tenido tanta razón. Su viaje por este mundo tocaba su fin. Había sido creado prácticamente para este momento y no había fallado. ¡Bendito fuera!, quizá por esta causa su corazón estaba henchido de gozo. ¡Lo había logrado! De este punto hasta su inmortalidad soñada casi todos los días desde su infancia, era solo un pequeño paso el que tendría que dar: morir.

Morir. Gigantesco paso para el resto de los humanos, pero relativamente microscópico para él, quien al fin entendió por completo el porqué de todo lo pasado. Sus fiebres, dolores, delirios y el por qué en ciertas ocasiones estos no lo atormentaron. Comprendió de lleno que debería estar a toda costa justo en el lugar que ahora se encontraba. Sus compañeros tenían aún tareas por cumplir. Es por esto que no estaban con él ¡Jamás lo abandonarían de no ser así!

¡Bendito destino! Pensó elevando sus ojos al cielo que curiosamente mostraba un espacio circular por donde caían los rayos del sol sobre él, mientras que el resto del firmamento se oscurecía cada vez más.

Un último pensamiento ocupó su mente: Para ser héroe, es necesario morir. Ese es el precio de la inmortalidad.

Pues bien, él estaba más que dispuesto a cubrir aquel precio. Ya tenía el pago preparado. Incluso dejaría una jugosa propina. Cuestión de cada persona.

Un ramalazo de intensa fiebre borró su postrer pensamiento, atacaba como jamás lo había hecho. Ya su arco había sido depositado suavemente en el suelo tras agotar sus saetas. La espada destelló en lo alto por el último rayo de sol que burló la cortina de negras nubes. Se oscureció por completo el ambiente. Solo había algo entre toda la penumbra que irradiaba luz, era el corazón de aquel ser humano que dichoso esperaba entregar en unos instantes la cuota para elevarse más allá de las nubes y vivir eternamente. Debía entregar lo más valioso para todo ser vivo y sin embargo, para él no tenía valor alguno, porque no le importaba pagar con ello su anhelo más grande. Qué cosa más grande que poder cambiar una vida humana y terrena, por un espíritu heroico y eterno.

No supo cuándo comenzó su espada a viajar en busca de carne para cercenar. No supo cuánto tiempo se mantuvo de pie sin doblar la rodilla en la tierra. No se dio cuenta cuando su cuerpo sufrió la primera herida. Ni sintió jamás dolor. Sonrió. Y ya no dejó de hacerlo.

Lo logró… se convirtió en leyenda.

CAPÍTULO 1

El recuerdo de la desgracia

Aquel hombre era ya viejo, o eso se podría decir. Y se acentuaba más su anciano aspecto por causa de la blanca barba que desaliñadamente portaba en su cara. Su cuerpo adoptaba una posición un tanto contraída, haciéndolo un tanto jorobado. Tal vez era por aquel enorme peso moral que recaía sobre sus hombros.

Su rostro, aunque lleno de arrugas, no podía ocultar la bondad que irradiaba a raudales, desbordándose por sus ojos y llenando de paz y esperanza a quien tuviera la ocasión de mirarlos. Era sin duda alguna, el espíritu proveedor de alivio para las almas perdidas en las tinieblas de la desesperanza y la derrota.

Se encontraba en su humilde choza, construida por sus propias manos años atrás. Cuando su fortaleza pudo realizar dicha obra, sin ayuda de nadie más.

Se cuestionó retóricamente: ¿Por qué el hombre había jugado a ser Dios?, ¿Por qué nunca se conformó con saber que, precisamente, el propio hombre era el favorito del todopoderoso?

Una mueca irónica se dibujó en su rostro. La humanidad había apostado a ser destruida por fuerzas de la naturaleza, por armas creadas para tal fin, por enfermedades que egoístamente no erradicaba. Pero nunca imaginó que prácticamente sería borrada de la faz de la tierra por aquellos a los que tachaban de locos, de blasfemos ante todas las religiones, y de modernos alquimistas que nunca encontrarían su piedra filosofal: La creación de especies nuevas a partir de la mezcla de las ya conocidas.

Siguió recordando que de acuerdo a una vieja leyenda, hacía ya algunos cientos de años, en algún país del llamado viejo continente, aquellos “locos” desataron el apocalipsis al lograr mezclar esencia humana con animal, manipulando genéticamente sus cadenas de ADN, muy mencionadas y estudiadas en ese entonces. Mezclaron con eficacia y éxito los genes de hombres y animales, además de aquel nuevo elemento. Pero, ¿Mezclaron con eficacia lo fundamental del hombre? Eran científicos. Quizás la mayoría de ellos no creían en la otra parte que integraba “el todo” de la raza humana: El alma.

Utilizaron, ¿A quién más?, A la escoria de la sociedad como conejillos de indias. Asesinos, violadores, dementes. Extrañamente solo ellos eran compatibles. Y con ellos moldearon una nueva forma de vida: La exterminadora de la humanidad.

El anciano recordaba y trataba de repetírselo una y otra vez, para así lograr mantener el brillo en sus ojos; se repetía esta frase en especial: “Quizás la mayoría no creía”. Esta expresión dejaba abierta la posibilidad, diminuta sí, de que alguno de aquellos científicos sí hubiese pensado en la quinta esencia del hombre: El Alma.

Paradójicamente recordaba también que poco tiempo antes del “triunfo” de los científicos, y por acuerdo de todas las naciones de aquel entonces e impulsados por el mayor gesto de paz (o miedo) del país más poderoso, se habían desmantelado todas las armas de destrucción masiva del mundo, porque se temía la aniquilación total del planeta tierra ante la infructífera campaña de prohibición de producción de armas de este tipo. Posteriormente, los propios entes destruyeron todo vestigio de armas que pudieran ser usadas en su contra y a todos aquellos que pudieran crearlas, dejando así a la humanidad confinada a ser meramente esclavos y animales de cría para alimentar y ser alimento de la nueva “especie superior”.

Asesinos por naturaleza, inteligentemente malvados y físicamente poderosos, asolaron cada rincón de la tierra con una fuerza imparable. A su paso, no dejaron ciudad, ni pueblo, ni aldea de pie. Masacraron miles de millones de vidas humanas, siendo ellos infinitamente inferiores en número. Cayeron muchos, pero no los suficientes. El país que propuso el desarme nuclear había protegido algunas armas de este tipo y las utilizó con pésimos resultados para ellos mismos. Aquellos seres eran inmunes a la radiación y sus efectos. No así las personas que sufrieron por ello, muriendo en grandes cantidades. Finalmente, solo sobrevivieron algunos cuantos cientos de miles de personas. Mismas que fueron confinadas en el centro del viejo continente. El resto del planeta quedó libre de todo ser humano. Y libre también de aquellas criaturas al no encontrar nada más qué destruir. A partir de ahí, comenzó para la humanidad el sufrimiento, la esclavitud y la ignominia.

El hombre interrumpió sus recuerdos y pensamientos al escuchar sin temor y con un fastidio infinito el sonido lejano de una trompeta que tocaba la orden de salir a trabajar. A él le correspondía por su linaje y sabiduría coordinar todas y cada una de las labores que se realizaban en aquel lugar. En esta ocasión, tocaba el turno de ir a dirigir y supervisar “la ordeña”.

Para tal efecto, salió de su barraca y se dirigió a paso firme hacia el centro de aquella ciudad. No caminó mucho puesto que su choza estaba ubicada cerca del “establo”. Al entrar, miró como cientos de veces lo había hecho, el ir y venir de personal que de manera rápida y eficiente obtenían bajo la implacable mirada de sus amos, miles de litros de sangre humana que les servía como parte de su dieta. Dicha sangre era concentrada en enormes depósitos para después repartirse entre aquellos repugnantes seres.

Una vez succionado su valioso néctar, los hombres y mujeres eran enviados a un gigantesco comedor junto al “establo”. Se alimentaban y reposaban un poco y salían al campo a trabajar las tierras y cuidar animales de los cuales ellos se alimentaban y daban de comer a sus dueños. Dando así lugar a un círculo vicioso, rutinario e irrompible hasta reventar de cansancio o cumplir sesenta años de vida. De cualquier forma, tendrían el mismo final: las fauces hambrientas de aquellos malditos.

El viejo, llamado por todos los suyos “Patriarca”, contaba con la edad de setenta y cinco años. Esta era la única excepción del sacrificio por edad ya que no existía otra persona que dirigiera con tan buen tino y prudencia los ánimos a veces exaltados de muchos hombres. Pero sobre todo, no se contemplaba su muerte porque existía desde épocas lejanas la leyenda entre aquellos monstruos de que al morir el Patriarca, sin dejar otro que ocupara su lugar, empezaría el fin de su propia especie. Así que solo podían eliminarlo al saber del nacimiento o existencia de otro ser humano con las características del patriarca. Estas, consistían principalmente en el color de la piel y los ojos, los cuales eran oscuros. El resto de los humanos tenían la piel blanca y ojos de color, sin excepción. Muchos se distinguían por el rojo color de su cabello. Sin saberlo, eran poseedores de una gran fuerza, generada por cambios genéticos a través del tiempo e impulsados por el esfuerzo diario del trabajo. Más no poseían el poder ni el valor necesario para derrotar a las criaturas.

Los seres dominantes eran grandes y fuertes, con ciertos rasgos humanoides en su cara y cuerpo. Mezcla perfecta de humano y murciélago. Además de un rasgo sobrenatural de maldad, sus ojos eran casi en su totalidad rojos. Orejas puntiagudas y grandes, para recibir las señales de radar que de sus bocas emanaban en frecuencias inaudibles y que les servían de guía en noches de nula visibilidad. Manos larguísimas rematadas en filosas uñas, propicias para desgarrar carne. Los pies eran largos y terminaban en dedos que les permitían asirse por las noches boca abajo de ramas o perchas, para dormir. De sus espaldas brotaban grandes membranas de piel a modo de alas, permitiéndoles volar. Su estructura ósea era ligera, al igual que la muscular. Poco peso. Poseían además cerdas gruesas en todo el cuerpo. Su inteligencia era, al igual que la humana, variable en cada individuo. Sin problema alguno, vivían una vida diurna protegidos sus ojos por una membrana que les servía como filtro solar. Sin embargo, no había comparación en cuanto a la maldad. Levantaron en poco tiempo una especie de sociedad patriarcal y militar en donde las hembras solo servían para perpetuar la especie y parir nuevos individuos. Sus huestes se contabilizaban veinte veces más en relación a las humanas.

Tenían un jefe supremo al que se le conocía como Dracken, el peor de todos. El más fuerte, el más cruel. Tal vez inmortal. Con una altura de más de dos metros y medio y un poder descomunal; él dirigía a placer y antojo aquel reinado maldito. Era el dios supremo de todo el planeta. Éste, más que por necesidad, por comodidad, descansaba una parte de su poder en quien era considerado el número dos de ellos, Drackos, general de sus ejércitos y tal vez hasta un tanto más cruel que el mismo Dracken.

Así transcurría el tiempo. Lento. Inexorable. Eterno. Hasta que quiso el destino que una pequeña niña de apenas diez años, labrando una tierra recién abierta para la siembra, y al dejar caer su azadón sobre el surco, topara con aquel objeto. Algo extraño nunca visto por ella. Un pequeño bulto cubierto con una cubierta protectora. Una lona resistente y maleable a la vez.

Su primera reacción fue gritarle a su padre que se encontraba cerca y darle parte del descubrimiento, pero cambió de opinión al fijar su mirada en aquel ser que desde una colina cercana, vigilaba con vista penetrante a su grupo de campesinos. La niña entonces optó por esconder aquel hallazgo entre sus raídas y sucias ropas. A su mente llegó como un haz de luz la inconfundible imagen del patriarca y decidió que, a como diera lugar, le haría llegar lo más pronto posible aquel objeto. Él era sabio, seguramente sabría qué era, para qué servía o qué significaba.

Se cumplían tres siglos del dominio y del reinado. Y se realizaban grandes festejos en honor a esto. Los esclavos humanos, en un acto sádico de Drackos, eran obligados a asistir a estas fatídicas fiestas. Eran reunidos en la plaza principal de aquella ciudad y se les obligaba a mirar cómo los más viejos de ellos eran separados de sus filas, reunidos en el centro y devorados ávidamente por aquellas criaturas infernales.

Aprovechando la ocasión, la pequeña se separó de la mano de su madre y sigilosamente llegó hasta el patriarca, que impávido miraba aquellas duras escenas. Tocando su vieja túnica, logró acaparar su atención y le pidió agacharse hasta ella.

–Es para ti –Susurró en su oído, y le entregó el pequeño bulto.

Intrigado, tomó lo que le entregaba. Al tocarlo por primera vez sintió una descarga recorriendo su maltratado cuerpo. Se sintió joven otra vez. Como si aquel objeto inerte le inyectara vitalidad. Una que hacía bastante tiempo no sentía ya. Su espíritu se llenó de incertidumbre, de regocijo, de esperanza. Lo presentía. A partir de ese momento, ya nada volvería a ser igual para bien, o para mal.

No supo cuánto duró aquel horrible espectáculo. Perdió la noción del tiempo echada su imaginación a volar. Cavilando una y mil historias respecto a aquel objeto. En cuanto pudo, el Patriarca se retiró del lugar pretextando cansancio.

CAPÍTULO 2

El comienzo de la odisea

Cuando llegó a su hogar, el Patriarca temblaba de la emoción. Con inquisitiva mirada volvió la cabeza a todos lados, tratando de descubrir a alguien que le hubiera seguido. Nada. Entró rápidamente e igual de rápido de entre las ropas sacó aquel bulto y le retiró la protección que tenía. Quedó maravillado ante semejante objeto: Un viejo libro con las hojas amarillas, señal inequívoca del paso del tiempo. Secretamente y de generación en generación, había pasado de boca en boca la profecía de que aquel pequeño libro sería encontrado y a partir de ahí, comenzaría un nuevo génesis para la raza humana, o lo que quedara de ella. Abrió el libro y en la primera página, leyó en la lengua que en su actualidad era utilizada por todos:

“Aquí estoy. Soy descubierto por el sufrimiento, el sudor y la esperanza. Fui sepultado por el egoísmo, la ignominia y la soberbia. Reviviré por la fe, la valentía y la victoria”.

Al dar vuelta a la segunda página, estaba escrito breve y concisamente:

Hola, soy Sam. Parte del equipo que desgraciadamente inició el caos. Y en un afán por remediar tanto mal pude junto a otros pocos lograr la creación de una esperanza. Creo que no todo está perdido. Las bestias y tú piensan que ustedes son los únicos seres humanos sobre la tierra porque en un último intento por terminar con ellos, lo que “conseguimos” fue acabar con la vida del otro lado del gran océano. Pero no es verdad, no son los únicos. Pudimos manipular todo para que así lo creyeran.

Necesitábamos tiempo, mucho tiempo. Más tiempo del que varias generaciones pudieran tener. Necesitábamos ignorancia. Mucha ignorancia para poder conceder una oportunidad real a lo que en este tiempo y del que espero que haya transcurrido bastante, dará una mayor oportunidad a la raza humana para liberarse, para vivir.

Está todo calculado meticulosamente. Solo los designios del creador universal, que ahora sé que existe, permitirán conocer el resultado de la guerra final. Será la voluntad de Dios y el temple y fortaleza del hombre quienes lo decidan. Suerte. Mucha suerte.

Sam

El Patriarca dio vuelta a una tercera página:

Sigan las siguientes instrucciones:

1.Localicen a los elegidos. Los reconocerán por la marca. Prepárenlos para la lucha.

2.Vayan al mar, cerca de donde hace mucho tiempo atrás se llevó a cabo un desembarco que cambió la historia de una guerra. Busquen sin cesar bajo las olas y entre arrecifes la caja que solo la mano humana indicada puede accionar.

3.Sigan su instinto y vuelen. ¡Vuelen como las aves en busca de su libertad!

El viejo dio vuelta a otra página una vez más, sólo para comprobar que el resto del libro estaba en blanco. Sin dudarlo, lo colocó debajo de su endeble cama y salió rápidamente. A lo lejos se escuchaba todavía la algarabía de los festejos y, por lo tanto, “libertad”. Había que aprovechar eso. Recorrió con prisa varias calles y mientras lo hacía, su mente iba hilando poco a poco los acontecimientos de un pasado reciente: De entre los miles de humanos prisioneros dentro de aquella gran ciudad, hacía algunos años ya, habían nacido con muy pocos días de diferencia niños con algunas características físicas diferentes al resto de los demás. Por premonición, se les había protegido. Había uno más especial que el resto. Y en busca de este encaminó sus pasos el Patriarca.

Tocó la puerta y un poco después asomó tímidamente la cabeza una mujer de mediana edad, mirándole inquisitoriamente.

–Hola. ¿Sabes quién soy?

–Sí. Eres el Patriarca. Te esperamos desde hace tiempo.

–Pues, ya estoy aquí. ¿Se encuentra él?

–Claro que sí. ¿Dónde más estaría?

–Tienes razón. Necesito verlo.

–Acompáñeme por favor.

Se internaron por un pasillo hasta el final de la vivienda. Del suelo removieron una loza y tomando una antorcha que colgaba de la pared, bajaron por una pequeña escalinata hasta un sótano. Ahí estaba frente a él. El nuevo “sabio”, reconocido a simple vista por el color de su piel. Un joven de 26 años más parecido a un guerrero que a un futuro sabio. Se miraron profundamente. En los ojos del viejo había una gran esperanza. En los del joven, rencor e incertidumbre.

–Hola –Dijo el viejo–. Me llamo Isiah. ¿Cuál es tu nombre?

–Soy Joshua.

–¿Sabes quién eres?

–Sí. Tu reemplazo y el nuevo sabio que cargará con la duda eterna.

–¿Qué duda? Yo no cargo con ninguna.

–Pues, deberías. Durante años, solo en esta pocilga y sin más compañía que ratas y bichos, y de vez en cuando alguien que viene a prepararme para ser tu reemplazo y, si se puede, para pelear con miles de esas sanguinarias bestias; todo eso te pone a pensar –Dijo rencoroso el joven–. No soporto saber que debo tolerar verlos destrozar con sus garras a los de nuestra especie. Sacar del cuerpo de los nuestros su vitalidad para alimentarlos. Y repetirlo día tras día. Viviendo para morir poco a poco, sin esperanza. ¿Dudas? ¡Por supuesto que tengo dudas! Además, ¿Crees que he merecido por años este encierro solo para que tú vivas?

–Joshua, Joshua. En primer lugar, todo lo que me has dicho, aún no lo vives y créeme, es infinitamente peor. En segundo lugar, no estás encerrado para que yo siga viviendo, sino para que tú sigas vivo. No eres el nuevo patriarca. O al menos no por ahora. Ya lo entenderás después –Expresó el anciano–. Por último, paradójicamente tu encierro significa la libertad de la humanidad. Creo que llegó por fin el perdón divino ante nuestra aberración y está en tus manos. Tú serás parte del arma de Dios para borrar de la faz de la tierra la abominación que el propio hombre creó. ¿Dudas? Yo nunca las he tenido. Opté desde un principio por hacerlas a un lado, y esperar pacientemente por el mañana. Ese día que llegaría para darnos libertad.

–¿Crees tú que hay un mañana? ¿Qué clase de poderosa arma puedo ser yo para acabar con esto? No lo entiendo, ni tampoco lo creo. Me han hablado de Dios, sí. Pero por más que he tratado de hablar con él, no me escucha ni me contesta. ¿Por qué? ¿Dónde está? ¿Y por qué nos abandonó si nosotros no tuvimos culpa de lo que nuestros antepasados hicieron?

–No tuvimos culpa, es verdad. No tengo respuesta para tus preguntas. Pero lo que sí te aseguro, es que podemos tener la libertad tan deseada. Sólo escucha tu corazón. Tal vez ya lo has hecho. No me preguntes dónde está Dios porque tú sabes la respuesta. Está en tu corazón, en tu mente, en tu lucha, en tus ansias. Sólo siéntelo.

Al decir esto, el viejo tocó suavemente el pecho de Joshua y, de repente, en una epifanía se le reveló todo y comprendió la verdad. Su futuro, su guerra, su fin. Supo que tendría el valor y coraje suficiente para emprender la lucha y por primera vez en su vida dejó el miedo y el rencor de lado.

–Quiero que sepas además Joshua, que tenemos el tiempo justo. Al igual que todos y secretamente, has sido preparado para luchar. Existe un pequeño grupo de personas parecidas a ti, así que debes partir con ellos rumbo al océano mañana en la noche a más tardar. Ahí deberán encontrar una caja en el fondo del mismo, cerca de la playa. Ábranla. Dejen que su instinto les guíe y cumplan con su destino. Confía Joshua, confía. Yo espero que al volver algún día ustedes, por fin tendré la dicha de mirarles una vez más y entonces será mi turno de partir. Cumpliré con mi ciclo, pero lo haré feliz. ¿Quieres una prueba más de que tú eres el indicado? Tienes una marca en alguna parte de tu cuerpo. Algo así como un lunar. Tiene forma de espada y lo circundan llamas; esa es otra señal, por si dudas aún. Dame un abrazo. Es tiempo de irme. No te digo adiós, recuerda que esperaré tu regreso.