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Paul Viejo

 

 

Los ensimismados

Una autobiografía confusa

 

 

 

 

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Paul Viejo, Los ensimismados

Primera edición digital: mayo de 2016

 

ISBN epub: 978-84-8393-532-3

 

© Paul Viejo, 2011

© De esta portada, maqueta y edición: Editorial Páginas de Espuma, S. L., 2016

 

 

Voces / Literatura 165

 

 

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Para Noelia,

que me defiende de todo, sobre todo de mí

 

 

 

 

 

 

 

Y mientras tanto, nosotros vivimos, o escribimos,

lo que es lo mismo en esta ilusión que nos transporta.

Antonio Tabucchi, El ángel negro

 

 

 

Si ahora pudiese estar mirando tus ojos

iba a estar escribiendo aquí esta canción.

Manolo García, Carbón y ramas secas

 

Los descreídos

 

 

 

 

 

 

Pero vivir de la literatura, o vivir en estado de literatura, no son enfermedades: son errores.

Fogwill, Otra muerte del arte

 

No temas, Jack

 

 

I

 

Solo si Jack es capaz de mantener en alto la escopeta, si logra permanecer apuntando un tiempo considerable, este cuento puede llegar a alguna parte. Será necesario que la situación continúe siendo la misma, es decir: que la mirada del cañón no se desvíe, no encuentre distraccio­nes, ojos quebrados en grito, manos sudadas; es decir: que la distancia que existe ahora mismo entre Jack, su mensaje de pólvora y ese hombre sobrecargado de ten­sión en la mandíbula debe ser igual, es necesario todo el tiempo, porque un centímetro de variación, un movi­miento inesperado, el nervio y la traición de un pie que se deslice, precipitará, tal vez, el final de este cuento, las razones de Jack, la recompensa de una muerte. Y, al menos en este cuento que se planea, la resolución de una vida, si es que la hubiera, deberá responder a un motivo concreto, a ningún otro. Pero, sobre todo, será necesario, condición sin la cual nada, que Jack maneje y tenga bajo control –y sin soltar la escopeta– los extremos de la cuerda que anuda todo, el tiempo y el silencio, tal y como estaba antes de empezar el cuento y como debería per­manecer cuando este acabe. Tendrá, Jack, que proteger ese vacío sonoro que había en el momento anterior a levantar el cañón, clavarse la estaca de la culata en el hombro. Mantener intacto el silencio al que precederá el descerrajo que se ha quedado fuera de este cuento. Es importante, porque si Jack no es capaz de apresar tam­bién ese silencio, escuchará entonces la música de las sirenas, las ambulancias que llegan y, un poco antes, el choque del metal contra el terreno, el arma que cae, las manos que se destensan y, un poco antes, la queja inútil de una garganta que se ahoga, el dedo traicionando la precisión sobre el gatillo y, desde luego, la pregunta que el hombre lanza sin permiso

 

«¿Qué demonios haces, Jack, qué significa todo esto?»

 

y no puede permitirse Jack cambiar el silencio logrado por esta situación que puede, podrá, echar todo a perder, la sensación de haber fallado, el cuento que no llega a parte alguna. Y es que si Jack se topa en su camino, en el camino del cañón que apunta a un pecho, si escucha esa pregunta inoportuna

 

«¿Qué demonios haces, Jack, qué significa todo esto?»

 

o lo que sería más preciso y más completo y ya con más sentido

 

«¿Jack? ¿Eres tú? ¿Qué demonios haces, Jack, qué significa todo esto?»,

si llega hasta sus oídos, si alcanza su cabeza blo­quea­da, entonces, podrá Jack buscar una respuesta mientras recuerda: la furgoneta roja arranca, polvo en el suelo de polvo, ruedas que giran...

 

 

II

 

La furgoneta roja arranca, polvo en el suelo de polvo, rue­das que giran e impiden escuchar la música que suena en la habitación de Jack, que ha logrado, después de varios intentos, sintonizar la emisora local. Él quiere ser como los demás y quiere disfrutar, igual que el resto, con aque­llo que sea popular. Con ese chico que canta moviendo las caderas, por ejemplo. O con ese serial matutino, por ejemplo. O con cualquier otra cosa que sirva de ejemplo en este momento. No entiende por qué no puede disfrutar él de todo eso, por qué al vivir en una granja a las afueras no puede tener alcance a todo eso. En una granja solo hay silencio y temblor y gallinas, y una madre que llora y que después mostrará su cuello enrojecido, y un portazo, y una furgoneta roja que arranca arañando la tierra. Mientras, suena la canción de unos jóvenes gamberros toda llena de polvo.

 

 

III

 

Si a Jack le sudase el dedo que tiene apoyado en el gatillo, este cuento podría resbalar. Podría, el cuento, deslizarse hasta un disparo que hiciera caer el cuerpo del hombre que tiene enfrente. Ese hombre que dice lo que Jack no debe escuchar

 

«Baja la escopeta, Jack. Tenemos que hablar»

 

porque si Jack baja el arma, si el destino negro de un cañón apunta entonces hacia el suelo, la historia cambiaría

«Quiero explicarte, Jack, por qué ocurrió todo...»

 

y lo que quiere es explicarle qué es el dolor, quiere hablarle a Jack de un sentimiento que él conoce bien. Y de otro que no: el abandono. Le pondrá fecha a la bruma, nombres a las imágenes en movimiento que Jack ve cada vez que cierra los ojos. Si pasara el cañón de la escopeta a mirar hacia el suelo de tierra no significaría únicamente que alguien suspiraría de alivio, un hombre, por ejemplo, el que está frente a frente con Jack. Querría decir también, podría significar que esta historia corre grave peligro.

 

«No temas, hijo. No hay nada que temer».

 

Y el hombre está a punto de levantar las manos, y de dar un paso en dirección a su hijo, o a ese muchacho al que ha llamado hijo y que en el cuento se llama Jack. Está a punto de moverse porque intuye que, si se mueve, algo puede cambiar en este cuento. El hombre que antes de que diera comienzo esta narración entró en el granero vio a un muchacho contrariado y distraído, y después a un muchacho ya menos distraído y ya menos muchacho que se lanza a por una escopeta esquinada, ese hombre, quiere tomar las riendas de este cuento. Pero el cuento, este y no otro, debe continuar siendo como se planeaba. Es decir, para que este cuento sea el mismo y no sea otro en el que se escuche

 

«No temas, Jack»

 

es Jack quien debe tenerlo todo bajo control, o ni siquie­ra hace falta tanto. Es suficiente con que sostenga el arma como la está sosteniendo desde que todo esto empezó. O basta con que no siga escuchando. O basta, también, con que cierre los ojos, o que se le nublen los ojos, o se le oscu­rezca todo lo que sus ojos contemplan y se haga la oscu­ridad, como si fuera una pausa entre la luz que entra por el techo del granero. Porque puede decir el hombre que no tema, que no hay nada que temer, pero ha de ser ese el único movimiento que realice. Ni manos que se alzan, ni pasos que avanzan para estamparse en un abrazo. Ni mucho menos una escopeta que decline su cabeza. Unas gotas de sudor. En la frente de Jack. Eso es lo máximo que puede permitirse este cuento: un cuerpo empapado en sudor...

 

 

IV

 

Un cuerpo empapado en sudor al que se le pega la arena cuando tropieza y cae. Se amalgaman la arena del suelo y el sudor de Jack que quiere seguir corriendo, y que por eso se levanta, se sacude las rodillas, mira hacia adelante. Porque es ahí donde está viendo a su madre avanzar, arras­trando una maleta apresurada y de cartón de la que asoma algún trozo de tela. La mujer anda frente al sol, hacia la carretera, sujetando el sombrero para que no se vuele, sujetando sus lágrimas para que no se vuelen, levantando arena. Una arena que Jack sabe que se le pegará en el cuer­po cuando se reincorpore y vuelva a correr hasta alcanzar a la mujer, a la maleta, y a la huida. Sabe también Jack que no podrá frenar la huida, pero no tiene la más mínima intención de quedarse ahí mientras la mujer se va. Así que, embadurnado y con lágrimas, él correrá, primero, detrás de la mujer, y, después, con la mujer por la carretera, y será él entonces quien arrastre la maleta hasta montarse en el autobús. Y allí, cuando el sudor se seque, podrá sacudirse la arena y podrá sacudirse los tropiezos, el cansancio, el sueño que los alcanza en un viaje que cruza la frontera de la noche.

 

 

V

 

Son las palabras las que pueden hacer que Jack se venga abajo, que este cuento se venga abajo sin llegar a parte alguna. No una palabra incorrecta. No las palabras de una frase ininteligible. Ni siquiera las frases de una historia que no se entiende. Las palabras, en general, cualquiera, son las que pueden hacer que Jack mueva de una forma u otra la escopeta y todo se acabe. La palabras de antes de que diera comienzo el cuento y las palabras que vendrán después de él. Es decir, lo que se hubiera dicho en el lapso de tiempo entre que se escucha el motor de una furgoneta roja detenerse junto al granero, y se abre el granero, y un muchacho se gira apuntando a quien acaba de entrar. Y también las que vengan después. Esas son las peligrosas, las que hubo y las que habrá, porque mientras tenga lugar el cuento, mientras este cuento esté ocurriendo y tratando de ser aquello que se pretende que sea, no habrá, no deberá haber ninguna palabra.

Tendrá Jack que evitar que ese hombre pronuncie frase alguna. Así que no deberá escuchar peligros del tipo

 

«Me ha costado dar con vosotros»,

 

porque no debería permitir que el hombre la pronunciase, aunque sea lo que está pensado. Tampoco algo como

 

«Todo tiene su explicación. Vamos, Jack, no me obli­gues...»,

 

ni siquiera algo como eso, que podría poner solución a todo, resolver la amenaza del cañón, el ligero descontrol de las dudas. Porque una frase como esa, capaz de poner fin a una historia cualquiera, lograría en este caso que el cuento no llegase a ninguna parte, que se quedara inconcluso, o peor: que se convirtiera en otro, en algo diferente a lo que tiene que ser, a lo que Jack debe procurar que sea, y está procurando, por eso la tensión de sus brazos, el silencio del granero, la imagen estática que solo se tambalearía, mínimamente, si alguien hablara dentro de ella.

Pero deberá evitar Jack también sus propias palabras. Deberá ser capaz de eludir el desliz de su propia lengua que podría decir cualquier cosa, o gritar cualquier cosa, porque eso significaría que su concentración no está en la escopeta, ni en el dedo que se está ya fundiendo con el gatillo, ni en el tiempo, que se ha detenido, como deteni­das están las briznas de heno y las partículas de polvo que hace un momento, antes del cuento, flotaban en la catarata de luz que entra desde el techo. Y si no está concentrado, y aun evitando decir algo que arruine esta escena, podrá Jack escuchar palabras, unas palabras casi ebrias que llegan desde el salón para ponerle alerta...

 

 

VI